De inicios obesos, desamores y pensamientos


Esta es mi historia.
Cuando yo tenía 5 años, asistí a una fiesta de cumpleaños de una vecinita cuyo nombre no recuerdo en donde había payasos y golosinas por doquier. Recuerdo perfectamente que un payaso -que en el momento de su presentación había pedido un voluntario y escogió a quien les habla- me hizo pasar al frente para jugar un juego con una silla, en el que girabas hasta marearte y luego debías sentarte si podías del mareo. Me senté, debía permanecer 3 minutos en la silla para que nadie me la robara. La reminiscencia me devuelve el momento de excitación que sentí estando allí sentada en medio del barullo, con el corazón latiéndome a mil, emocionadísima por ser la protagonista del momento.

Cuando estábamos en el segundo minuto de juego, las 4 patas de la sillita de plástico me juegan sucio y se rompen; caigo al suelo y todos los niños empiezan a reír y me llaman “gorda asquerosa”. Yo, completamente humillada intento abrir paso entre los niños que seguían riéndose y apuntándome burlonamente, pero no pude salir por ningún lado, hasta que una señora madre de un invitado me ayuda y me consuela. Tal vez sintió pena, tal vez ella fue gorda alguna vez, tal vez estaba llena de amor y empatía.

Fue la primera vez que sentí humillación provocada por mi peso. La primera vez que sentí miradas y burlas dedicadas a mi pequeña pero grande persona debido a una condición que yo no entendía, no comprendía qué estaba mal en mí, y también fue mi primera depresión. Me encerré en mi cuarto varios días y jugaba sola con mis peluches y muñecas, enojada con mis amiguitos y completamente decidida a no sentir de nuevo esa vergüenza por ser gorda… pero no, no hice dieta a los 5 años, seguí comiendo, y seguí a lo largo de mi vida llegando a pesar en este momento 130 kilos siendo una mujer de 27 años.

Consciente de ser una persona enferma, quiero contarles que toda la vida luché en contra de la discriminación hacia los gordos con nada más que mi actitud, pero, y este es un gran pero, muchas veces mi actitud no fue suficiente y sentí en los huesos la crueldad de las personas y una gran abollada a mi autoestima. La vida de un gordo es difícil, la vida de todos es difícil, pero siendo gordo uno pasa por cosas que otros jamás experimentarán afortunadamente. Sentirse siempre diferente no es bueno.

Por todo eso, para comprender, empezaremos la historia desde la época más complicada para ser distinto, y menos gordo o gorda: La adolescencia.
A los 13 años, lo único que uno desea es la compañía de sus amigos y tener noviecillos para poder escribir en las tapas de los cuadernos “Fulanito y Menganita por siempre”, y en eso, yo no fui distinta, quería lo mismo. Yo aún no recibía el primer beso, estaba ansiosa por darlo y practicaba con mis muñecas una y otra vez mientras escuchaba rock argentino, entre Sui Generis y Soda Stereo mientras soñaba con un amor para siempre.

En mi barrio había un chico, el más hermoso de los chicos, el chico malo pero cool, llamado Patricio, con el que solíamos mis amigas y yo, andar en bicicleta (ellas) y yo en roller por el barrio. Antes de seguir, debo comentarles que tenía dos amigas que eran hermanas -Alicia y Aurora- tan hermosas al punto de causarme una envidia increíble cubierta con hipocresía y halagos vacíos para ellas, pero amigas al fin. Lo cierto es que yo, soñaba con el amor de Patricio y con el glorioso momento en el que él, el más bello de los niños, me besara a mí, la gorda del grupo. Mis amigas sabían de esto, por supuesto, y alimentaban mis ilusiones a la par de la burla –de la cual años más tarde me enteré- a medida que yo me hacía más valiente para declarar mi amor. Todo aquel que fue adolescente alguna vez sabe que en aquel entonces era un suicidio que la niña se declarase al niño, y que es más complicado si no era correspondida.

Estaba decidida yo a declamar mi amor hacia Patricio, hasta que un niño equis con el que jugábamos pero no era del grupo, me dice que sería ridículo que realizase tal acto, entonces, más dispuesta yo, me puse a practicar las distintas formas de acercarme a Patricio y decirle lo que debía. Practiqué poesías, practiqué canciones, practiqué monólogos y fantaseaba con el soundtrack del momento, sonaría “Trátame suavemente” de Soda Stereo y el día sería gris, mi favorito; sería un viernes a las 15.30 horas, después de terminar nuestra partida de fútbol mixto. Soñaba yo que le diría de mi amor el famoso “te amo”, que él me diría “yo también” y nos daríamos el primer beso perfecto al son de una balada rockera. Perfecto.

Llegó el día. Me desperté y lo primero que hice fue mirar a través de la ventana, y efectivamente era un día gris, primera señal del destino a mi favor, según yo. Fui al colegio casi flotando, divagando con la hora indicada y la respuesta favorable. Llegué a casa, almorcé y ya cambiada para la ocasión tomo mis rollers y voy a lo de mis amigas, lo normal. Ya a eso de las 2 de la tarde, viene llegando Patricio con su camada, luciendo espectacular con su cabellera semi-larga y rubia cubriéndole los ojos verdes, su porte de niño malo y su sonrisa de James Dean. Jugamos todo el partidito de fútbol, y mi corazón latía más fuerte con el correr de los minutos. El viento soplaba fuerte y mis amigas, conscientes de mi plan, me sonreían en complicidad y me alientan a hacerlo inmediatamente.

Mi corazón casi sale de mi boca, y con unas gotas que comenzaban a caer, estando encima de nuestros biciclos y patines en la esquina de mi calle, miro a Patricio y digo casi gritando:
-Patricio! Te amo.
-Ya sabía, Belén.
-Y cuál es tu respuesta?
-No me gustas, sos gorda y me da vergüenza.

Sentí una puñalada en el alma, todos los presentes se reían y yo, buscando consuelo en mis amigas, encuentro nada más que burla. Fui callada y herida hasta mi casa, saludé casi sin aliento a mi madre que se encontraba acomodando las plantas de la galería, y subí a mi habitación. Habré llorado casi todo el día restante, y varios días más, tampoco me animaba a regresar al grupo después de haber sufrido tal humillación. Creo que lo que más me molesta hasta hoy día es que el niño que me dijo que iba a quedar en ridículo estuvo en lo cierto. Me sentí tan mal por ser gorda, pero me sentí peor al comprender que porque era diferente mi camino sería mucho por batallar y más complicado que el de las niñas "normales".
Toda mi adolescencia la viví con dudas y miedos. El hecho de ser “la gorda del grupo” no ayudaba nada, pues tales eran mis preocupaciones como las de hacer amigos y mantenerlos que no tenía tiempo real para pasarla bien del todo, aunque si tuve momentos de felicidad a lo largo de mi crecimiento.

Verán pues, era complicado cumplir con el estereotipo de la gorda del grupo, pero todo se resumía en: ser el motivo de burla de los compañeros de colegio a la par de ser amigos de los nerds o los más feos del grupo, ser más grande que el varón más pequeño, ser simpática o graciosa porque no queda de otra, y en mi caso, enamorarme de los profesores o personas mayores simplemente por el hecho de saber que no tendría oportunidad con uno de mi edad debido a mi apariencia. Todo esto a nivel de la secundaria y donde los amigos importan más que la familia, y cumpliendo con todos los requisitos anteriores fui exitosamente el estereotipo arriba descrito.

Fue difícil, pero a la larga creo que todas esas experiencias me hicieron más fuerte, más preparada para la batalla, y porqué no? más real. Luchar contra la obesidad es una guerra aún no ganada para mi, es mucho más difícil de lo que creí y la mayoría de la gente no ayuda. Pero, la cuestión no es victimizarse, es lograr que algún bully lea ésto, y si hay una gorda en su curso, que sepa cuánto pueden repercutir sus comentarios; ahora yo, voy a seguir luchando.

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